En la selva los animales estaban siendo acorralados. Sus terrenos eran cada vez más acotados, cada vez menos salvajes y diversos... El culpable, como siempre el hombre. Esta vez había sembrado la flor que quema. Las flores rojas, naranjas y amarillas avanzaron sobre todo y todos.
Los que pudieron huyeron, los otros perecieron...
Finalmente las lágrimas del cielo llegaron para apagar esas flores ardientes. Eran bellas pero lastimaban. Su belleza no era expresión de vida sino que dejaban cenizas y devastación. Lo que antes era multicolor y vibrántemente vivo, ahora era de una negra tristeza.
Sin embargo algunos hombres y mujeres de buena voluntad habían tratado de detener a las flores y su voracidad. Rescataron algunos animalitos, plantaron árboles nuevos, pidieron a su gente que tomara conciencia de la responsabilidad que cada uno tenemos en el cuidado de la casa de todos.
Poco a poco las crías humanas lo fueron entendiendo y se lo explicaban a sus mayores: "No podemos irnos, no tenemos a dónde... Sólo tenemos esta casa que compartimos con todas las especies... Un ambiente sano es nuestro derecho y su obligación es asegurárnoslo..."
Llevará mucho tiempo siquiera empezar a corregir tantos errores, pero un largo camino inicia con un paso.
Caminemos juntos cuidando, sanando, sembrando, amando a nuestros semejantes y a nuestros diferentes, que la casa es una y es para todos la misma.
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